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Lo que muchos hemos sostenido a lo largo de los últimos años, se está convirtiendo en implacable, cruel y acongojante realidad.
Hemos matado al mensajero, (mensajeros) como si la realidad se pudiese ocultar de sus imperturbables premisas: somos poco competitivos (el euro está inmensamente revalorizado frente al dólar), nuestros salarios son altos, nuestra economía excesivamente expuesta a los riesgos de un sistema monopolizado en exceso durante más de una década por el sector de la construcción residencial. Las formas políticas de gobernar con tozudez y bandazos no hacen más que reforzar la tesis de la desconfianza hacia nuestra clase política en general y gobernante en particular.
El paro es consecuencia directa de una política de empleo fundamentada en la escasa cualificación de la masa salarial, fruto de una economía de volumen frente a una economía de innovación y desarrollo.
La suficiencia con que he visto descalificar tantas opiniones críticas con lo que sucede, me produce vergüenza al contemplar como poderosos medios de comunicación Hoy (el país 14/09/09.portada e interiores). Hacen sonar los tambores del desasosiego por la falta de una praxis política clara en esto del gobierno, bien orientado hacia algún objetivo, que no sea el de poner cataplasmas al enfermo ¿imaginario hasta ayer?, que denominamos economía española.
Mientras, el dinero gestionado por la banca ha sido destinado de forma comprensible, a mejorar sus coeficientes de solvencia, defender su viabilidad en los mercados internacionales, al tiempo que, en aplicación de un viejo principio anidado en la génesis de nuestra cultura “sálvese quien pueda”.
He tenido ocasión de leer recientemente fuertes críticas a los acuerdos de Basilea II y los porcentajes exigidos por este protocolo para mantener la solvencia de la banca, y que según estos analistas puede ser causa directa de otros riesgos mayores como la propia quiebra de la “economía productiva”.
La política de la inteligencia, previa a la económica, la social y la financiera, hace tiempo que parece haber sido aparcada en aras de la máxima citada anteriormente. ¿A que me estoy refiriendo cuando cito pomposamente la inteligencia como cuestión previa a la adopción de otras razones vinculadas?. Sencillamente a que la inteligencia de esas políticas está trufada de un marasmo de intereses que niegan la premisa mayor, verbi gratia, que dejan de ser inteligentes para convertirse en “grilleras de políticas de grupos de presión” que con su concreta legitimidad, ciegan el caudal enriquecedor de los contrastes y los matices a un proceso de desertización causal y recurrente: “Sálvese quien pueda”.
Apelamos al sentido del Estado, casi siempre cuando nos conviene para nuestra coartada coyuntural, no por salvaguardar las raíces esenciales de la permanencia, la estabilidad y una conformación plausible de las grandes políticas del futuro. Pura hipocresía, demagogia barata para contentar a nuestro cuerpo electoral, nuestra Clac, como decía mi buen amigo Fritz Steinberg cuando nos adoctrinaba en el oficio de ser liberales ( en Alemania vuelven a ser los que fueron).
He querido dejar transcurrir unos meses para que aquellos que tienen una memoria decente, mediten acerca de todo lo que he dicho, escrito y publicado. Mi único error ha sido no tener la fuerza ni el empuje suficiente para elevar el tono más alla de la vida digital y darle un impulso de razón a mi propia percepción.
Sin embargo sigo convencido de que el futuro es digital, construido paso a paso, con rigor, prudencia y paciencia, sobre todo mucha paciencia. El que no sepa sufrir mejor que se dedique a otra cosa.
SÁLVESE QUIEN PUEDA
M. Gens
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